Melkor y el mal
%H:%M 10Tue, 19 Jul 2011 10:49:18 +000018. in ética, literatura by pedro-perales
“En el principio estaba Eru, el Único, que en Arda es llamado Ilúvatar; y primero hizo a los Ainur, los Sagrados, que eran vástagos e su pensamiento, y estuvieron con él antes de que se hiciera alguna otra cosa.”[5] El famoso comienzo de El Silmarillion cuenta el nacimiento de los Ainur, aquellos espíritus que fueron creados directamente por Eru. Todos y cada uno de ellos recibieron dones y conocimientos afines a la parte del Dios Único de la que procedían, y aunque en principio no entendían al resto, poco a poco su naturaleza les permitía acerarse a ellos en comprensión y ampliar asimismo la comprensión del lugar que ocupaban en el todo del que fueron engendrados. De entre todos los Ainur, Melkor fue aquella parte escindida de la mente de Ilúvatar que más se acercaba al todo, pues participaba de los dones del resto de sus hermanos. Pero todos sabemos lo que ocurrió: llevado por sus pensamientos y deseos, entretejió motivos propios en el tema propuesto por Eru y provocó una discordancia en la Gran Música inicial. Por tres veces actuó Ilúvatar para combatir la ruina de la melodía; la primera de ellas risueño, la segunda serio; pero la tercera vez se alzó levantando ambas manos, terrible, e hizo cesar la música.
Esta hybris está en la naturaleza misma de Melkor. Su nombre, como es habitual en Tolkien, así lo expresa: “el que se Alza en Poder”[6]. Pero antes de entrar en este asunto central es necesario hacer alguna aclaración.
El Ainulindalë cuenta lo que ocurrió antes de la entrada de los Valar en el Mundo, antes del “principio del Tiempo”[7]. Este “antes” es, por tanto, si queremos seguir expresándolo así, un antes anterior a todo antes. Que el Ainulindalë aparezca desarrollado temporalmente tiene más que ver con la estructura narrativa del mito que con lo que allí se cuenta. Todo mito es siempre un relato, es decir, lo que narra sucede siguiendo una línea que presenta unos acontecimientos seguidos de otros y ocurridos en ciertos lugares. Pero tanto el tiempo como los espacios míticos son metáforas que han de revestirse con estas galas para transmitir una verdad que, de por sí, no es siempre temporal (al menos, en el sentido habitual de sucesión) [8]. Esto ocurre sobre todo en los relatos cosmogónicos sobre el origen del mundo. Lo que cuenta el Ainulindalë tiene que ver con lo que la tradición filosófica ha llamado eternidad; la música de los Ainur es lo que ya desde siempre ha sido el Mundo, su fondo y sustento, en definitiva: su esencia. Ahora, que no se piense que esto significa algo así como un determinismo, porque los Ainur no hicieron solos la música, y en su mano no estaba el poder de dar Ser a las cosas que cantaban. Lo que Ilúvatar les mostró tras la música fue una visión de lo que habían cantado, con todas las cosas que “en apariencia”[9] habían inventado, pero reservó otras cosas que nadie conoce y preservó la libertad de los seres creados, de manera que en Eä, en el mundo que es, hay lugar para lo nuevo. Además, los propios Ainur, que tienen una esencia dada “antes”[10] de la creación, están obligados a desplegar dicha esencia en el desarrollo del Mundo, al cual quedaron ligados (pues constituyen su vida misma). Por ello, son sus acciones las que van definiendo esa esencia y no al revés, de manera que es posible que espíritus que en un principio se torcieron y se volvieron hacia Melkor, como ocurrió el Maia Ossë, sirviente de Ulmo, cambiaran de nuevo su rumbo. Si, tras la Guerra de la Cólera, Sauron hubiera partido a Valinor para ser juzgado, las cosas hubieran sido muy distintas. Sea dicho también de paso que, al contemplar la visión que Eru puso ante ellos y cómo los Hijos de Ilúvatar se movían con libertad en ella, los Ainur comprendieron que la existencia del Mundo no sería tan sólo estética, en el sentido de que no tendría razón de ser tan sólo en su belleza, sino también ética: sería la morada de los Hijos de Ilúvatar, y ellos, los Sagrados, habrían de hacerla habitable[11].
Dicho esto, podemos regresar al tema de la esencia de Melkor. Anticipábamos que hay una cierta hybris en su naturaleza, expresada en su nombre mismo, que lo impele a alzarse por sobre los demás Ainur e incluso por encima de Ilúvatar en la Gran Música. Como decíamos, en este “antes” del tiempo lo que se nos da es una cierta visión del orden esencial el mundo, independiente de las elecciones concretas que, una vez en Arda, configurarán el ser de los Valar y determinarán su naturaleza de forma definitiva. Lo que aquí se dice de Melkor es justamente su esencia, lo ineludible, lo que ni siquiera podrá ser cambiado fácticamente una vez que tenga lugar la creación. Por tanto, Melkor es en esencia el que se Alza en Poder; ha recibido en su ser un anhelo de creación similar al que impelió a Eru a la creación de los Ainur y de Arda. Pero este anhelo está coartado en su origen; porque, habiéndosele inflamado con los mayores deseos, se lo ha desposeído del poder para hacerlos efectivos. Por muy grandes y gloriosos que sean los dones recibidos, lo que Melkor posee consiste en una suerte de impoder[12]. Es la parte de la mente de Eru que ha conservado ese impulso por la creación sin el poder ontológico concomitante de la efectuación. Por eso, ya desde el principio, Melkor ansía y busca el Fuego Secreto, pero “el Fuego está con Ilúvatar”[13], porque el Fuego que anima, lo que dota de Ser, no es otra cosa que Ilúvatar en cuanto creador. En el momento de la creación de Arda, de la efectuación real de lo prefigurado en la Música, sus palabras son las siguientes: “¡Eä! ¡Que sean estas cosas! Y enviaré al Vacío la Llama Imperecedera, y se convertirá en el corazón del Mundo, y el Mundo Será”[14].
Melkor está ya “cojo” en su origen. De esta manera, la herida infligida por la espada de Fingolfin se convierte en una especie de incardinación de este aspecto esencial en su cuerpo divino. Ya desde su creación, hay en Melkor una “injusticia” esencial, pues se lo dota de un ansia ineludible y se lo desposee de la posibilidad de calmarla; de manera que el impulso inicial por la creación se torna en un ansia de autoglorificación. Si él introduce el mal en el mundo, será necesario señalar este impoder como el origen del mal. Por tanto, si quiere hablarse de mal en Melkor, habremos de tener cuidado de no identificar este Mal ontológico constitutivo con el mal moral; pues que el segundo mane del primero significa que el primero es origen y el segundo originado. Confundir ambos es confundir el agua que cae de la fuente con la fuente misma.
Pero aún hay más. Es cierto que Ilúvatar hizo libres a Hombres y Elfos, aunque de maneras distintas. La libertad humana está unida a la trascendencia del Mundo que implica el don más preciado con que fueron dotados los hombres: la muerte. En la muerte como trascendencia pura tiene el hombre el origen de la posibilidad de escoger su camino en la vida, porque su vida, al contrario que la de los Elfos y Ainur, no está ligada al Mundo. Es así como en la naturaleza mortal de los hombres hay una libertad esencial que Ilúvatar depositó en ellos. Pero, ¿qué sería esta libertad, esta carencia de ataduras al Mundo, si la elección que toman los hombres en sus vidas no contemplara las posibilidades más esenciales? Si el destino del hombre no está ligado al destino del Arda, entonces la elección existencial de un individuo, el camino que ha tomado en la vida con sus acciones y elecciones, esfuerzos y flaquezas, aciertos y equivocaciones, puede atentar contra la vida del Mundo. Es más, tiene que poder atentar contra la vida del Mundo, pues de lo contrario no sería sino una libertad abstracta sin posibilidad de realización efectiva. Y, sin el mal, esta posibilidad estaría cerrada. Por tanto, Melkor es el origen de la libertad fáctica, que no esencial, de los hombres, por cuanto introduce el mal en el mundo y, con él, la posibilidad real de que los hombres decidan su destino. Sin embargo, dada esta naturaleza humana, es cierto que la introducción del mal por parte de Melkor no resulta absolutamente necesaria. Si esencialmente los hombres son libres, y antes de ellos no hubiera habido mal, entonces, con toda probabilidad, ellos lo habrían creado. Pero esta es otra cuestión.
Ahora, hay una diferencia fundamental entre el mal moral que, como posibilidad, queda abierto a los hombres a causa de Melkor, y el mal moral que obra el propio Melkor. Porque éste último es la expresión en el Mundo de aquel Mal ontológico en que justamente consiste la esencia del Vala. Pensar que Melkor puede actuar de otra manera es no comprender en qué consiste su naturaleza más íntima. Al poseer ese deseo desgarrador por la creación coartado en su origen (impoder) y vuelto sobre sí mismo, todo su poder se encauza de un modo muy determinado: como dominio. El poder ejercido por Melkor es siempre dominación. Pero, como decimos, esto no es fruto de una elección existencial, como en el caso de los hombres. Es por ello que hacer el mal es, para un hombre, una acción moral; pero, para un ser cuya naturaleza no puede otra cosa, un ser cuya expresión consiste justamente en hacer el mal, no puede decirse que dichas acciones sean el resultado de una opción moral. Habría que decir, en rigor, que a pesar de obrar el mal en el Mundo, Melkor no es malvado en un sentido ético. Lo es en un sentido ontológico, lo cual equivale a decir que es él mismo.
La cuestión nos lleva por los escabrosos derroteros de la teodicea. Llegado el momento uno puede querer remontar la pregunta sobre la existencia del mal hasta el punto más originario. ¿Es Eru malvado por haber dotado a su hijo más aventajado de un anhelo insaciable? Pero, ¿acaso podría haber hecho otra cosa? Si hubiera creado a otro ser con un impulso hacia la creación similar al suyo y lo hubiera dotado del poder para crear, ¿no habría creado otro Eru, igual a él en todo? Pero precisamente eso mismo es ya Eru: creación de sí. Lo que en la tradición filosófica se ha llamado causa sui, causa primera autocausada (pues no hay ningún principio anterior a él). Lo absolutamente infinito, cuyo poder no está limitado por nada en ningún género, no puede engendrar lo absolutamente infinito pero diferente. En rigor, no es contradictorio pensar en más de un Eru, pero dicho pensamiento nos lleva inmediatamente a la necesidad de infinitos Erus; y toda esa infinitud no es más que aquella infinitud del propio ser absoluto, que es infinito en todos los respectos. Pues bien, justo tal cosa es lo que decimos al afirmar la unidad de Eru, el Único. Si aún quiere preguntarse por la necesidad que llevaría a este poder absoluto a la creación de un ser cuya esencia es impoder, el motivo de la pregunta no puede ser otro que moral, y trasladar la pregunta moral hasta Eru, primer principio de todo, es someterlo a otra cosa superior a él, lo cual es absurdo. Lo que Ilúvatar crea directamente es un ser cuya naturaleza será la fuente del mal moral. Pero no por ello hemos de transportar las categorías morales a lo que de por sí está más allá del bien y del mal. No creo que la mitología dibujada por Tolkien se preste a maniqueísmos simplistas; he tratado de mostrar aquí la particularidad del mal en Melkor a través de una distinción entre Mal ontológico y mal moral, que permite pensar el ámbito de lo divino de esta cosmogonía más allá de las distinciones morales con que se lo caracteriza en algunas ocasiones.
Hay un último asunto que no quisiera dejar de señalar, a pesar de que no es muy oportuno extenderse en él aquí. En el pasaje transcrito en la nota 9 se dice que todo lo que los Ainur hagan por sí mismos no obedece sino a un motivo superior, total, aunque éste permanezca oculto a sus ojos. Un poco antes, justo tras narrar el cese de la Música, la cosa queda más clara: “y tú, Melkor, verás que ningún tema puede tocarse que no tenga en mí su fuente más profunda, y que nadie puede alterar la música a mi pesar. Porque aquel que lo intente probará que es sólo mi instrumento para la creación de cosas más maravillosas todavía, que él no había imaginado”[15]. No es estúpido pensar que Melkor sea, en cuanto fuente del mal, la voluntad de Ilúvatar de producir, en un determinado momento de la Historia, la trascendencia de lo divino. Porque él ya había previsto la caída de Númenor que Sauron promovió al envenenar los oídos de Ar-Pharazôn y empujarlo a la demencial empresa de la conquista de Aman, pues nada le quedaba oculto y no había nada que él no tuviera su razón última de ser. Por supuesto, esto no hace “culpable” a Ilúvatar del cataclismo que él mismo obró cuando Manwë buscó su ayuda y que llevó finalmente a la curvatura de la tierra[16]; aunque si seguimos esta línea argumentativa nos sentiremos tentados a interpretar aquel “en apariencia” de la cita de la nota 9 como significando que lo añadido por los Ainur a la música dependía directamente de la voluntad de Ilúvatar, y no de su propia naturaleza (cuando, quizás, sería más plausible interpretarlo como refiriéndose al aparecer de la imagen del Mundo donde antes sólo había Vacío, que es tan sólo una apariencia sin Ser). Pero, efectivamente, esto es muy forzado. En primer lugar, porque presciencia no implica predeterminación; es decir, que Eru supiera lo que iba a pasar no implica que él fuera quien determinara el rumbo de los acontecimientos. Más bien significa que sabía a lo que las decisiones libres de los hombres conducirían en algún momento. Pero, y mucho más importante, porque este argumento supone introducir una intención oculta en la actuación de Eru de la que no se nos ofrece ninguna pista en El Silmarillion. Se trata, claramente, de un argumento ad hoc: encajamos a la fuerza una premisa orientada a demostrar algo que ya habíamos determinado previamente. Quiero dejar claro que una argumentación de este tipo nada tiene que ver con lo que hemos expuesto sobre Melkor, ya que ahí son los propios elementos de la obra poética y el mundo abierto por ella los que permiten, a través de un cierto juego estético-filosófico, extraer las reflexiones que se han trazado.
Este tipo de razonamientos inscritos en el espacio mitológico de Tolkien, incluyendo aquellos en los que nos sentimos impulsados a poner algo de nuestra parte, nos dan noticia de la fuerza poética que encierra su obra. “Un mundo hace mundo”, nos dice Heidegger[17]; en el mundo abierto por la obra de arte construimos nuestra propia realidad y nos reconocemos a nosotros mismos. No porque se nos descubra una esencia oculta que, desconocida, actuaba sobre nosotros; sino porque nos revela que, en el propio existir, siempre hemos consistido en la creación de dicha esencia, y con ello nos introduce en una relación especial con lo que se nos aparece. Ese es el poder de los poetas, el poder de la creación. Pero Melkor no era un bardo, no podía conformarse con esta creación de segundo orden; y en el alzarse hacia la divinidad en que consistía su esencia estaba ya inscrita su caída.
[1] Heidegger, M.: “El origen de la obra de arte”, en Caminos de bosque, trad. de Helena Cortés y Arturo Leyte, Madrid, Alianza, 2008; pp. 11-62.
[2] “Cuidar la obra significa mantenerse en el interior de la apertura de lo ente acaecida en la obra”, Íbid. p. 49. Por tanto, crear no es sólo producir materialmente la obra, esto es, no compete tan sólo al artista. El cuidado es un aspecto fundamental del ser-creación de la obra. Este tema se relaciona directamente con la lección sobre la subcreación y el sentido de Mitopoeia que, durante el curso, impartió magistralmente Eduardo Segura. Cuidar la obra tendrá que ver con mantener vivo y en vilo ese asombro por el lenguaje característico de la poesía.
[3] Foucault, M.: El orden del discurso, Barcelona, Tusquets, 2010; p. 25.
[4] Íbid., 29-30.
[5] Tolkien, J.R.R.: El Silmarillion, Barcelona, Círculo de Lectores, 1991; p. 11. La edición del Círculo de Lectores reproduce la de Minotauro de 1984, cuya traducción quedó a cargo de Rubén Masera y Lluis Domènech. Para abreviar, de aquí en adelante citaré esta obra diciendo simplemente Silmarillion, seguido de las páginas referidas a la edición mencionada.
[6] Silmarillion, p. 32.
[7] Silmarillion, p. 18.
[8] Piénsese el los mitos de los diálogos platónicos, que irrumpen sorpresivamente en la argumentación lógica (aunque Deleuze ha visto bien, en el primero de los apéndices de Lógica del sentido, titulado Simulacro y filosofía antigua, la continuidad de la argumentación a través del mito, que no introduce un corte en el lógos). El Fedro, por ejemplo, narra la contemplación de las ideas por parte de las almas y la caída de éstas en los cuerpos; y aunque dicha narración, que constituye una parte fundamental de la explicación sobre la posibilidad de un conocimiento dialéctico puro, sea “contada” como un relato, el punto temporal al que se refiere no puede pensarse como localizable tan sólo con mirar hacia atrás en la sucesión de los momentos del tiempo físico, crónico; del tiempo medible por el reloj. El “antes” del mito no se refiere, pues, a un momento anterior que efectivamente fue, sino a una dimensión configuradora de la realidad expresada en una forma narrativa, la cual, a su vez, preserva el asombro ante aquello que se narra.
[9] Silmarillion, p. 14. Lo que Eru dice a los Ainur es lo siguiente: “¡Contemplad vuestra música! Éste es vuestro canto y cada uno de vosotros encontrará en él, entre lo que os he propuesto, todas las cosas que en apariencia habéis inventado o añadido. Y tú, Melkor, descubrirás los pensamientos secretos de tu propia mente y entenderás que son solo una parte del todo y tributarios de su gloria” (el subrayado es nuestro). La intervención es esencial en la argumentación que aquí se expondrá. Las palabras subrayadas guardan una ambigüedad que será aclarada hacia el final.
[10] Ahora entendemos cómo este antes no se refiere a un orden cronológico, sino de fundamentación.
[11] “Y vieron con asombro la llegada de los Hijos de Ilúvatar y las estancias preparadas para ellos, y advirtieron que ellos mismos durante la labor de la música habían estado ocupados en la preparación de esa morada, pero ignorando que tuviese algún otro propósito que su propia belleza”, Silmarillion; p. 14.
[12] El término está cogido de Artaud, y aunque está claro que no tiene el mismo sentido que él le da, la elección no es arbitraria. Baste decir que, en líneas muy generales, el impoder del que habla Artaud consiste en la imposibilidad de pensar a la que se enfrenta y en a la vez que consiste un cierto tipo de pensamiento. Hemos escogido este término porque, en Melkor, ocurre algo parecido: su ser consiste justamente en no poder aquello a lo cual, por naturaleza, tiende. La palabra impoder nos parece más acertada y plástica para referirnos a esta dimensión ontológica que la que nos ofrece el lenguaje habitual: impotencia.
[13] Silmarillion, p. 12.
[14] Silmarillion, p.17.
[15] Silmarillion, pp. 13-14.
[16] Que, como doy a entender, significa, entre otras cosas, esa trascendencia de lo divino.
[17] Heidegger, op. cit. p. 32
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