Sobre las “explicaciones logradas” y su insuficiencia
%H:%M 09Fri, 20 May 2011 21:04:20 +000020. in ciencia, fenomenología, filosofía de la mente by pedro-perales
Aquí cuelgo la comunicación que leí en el congreso “La filosofía y su otro” celebrado en Granada en el 2010. La presento tal y como la leí, algo cambiada con respecto a como fue publicada (el tiempo acuciaba y hubo varios errores que se me escaparon). El título es típico, pero acertado.
1. El desarrollo reciente de las técnicas de neuroimagen y su utilización masiva han revolucionado el campo de la psicología científica de un tiempo a esta parte. Es innegable el valor que tiene el poder obtener una buena representación espacial y temporal de lo que ocurre en el cerebro cuando se llevan a cabo ciertas tareas, así como el poder comparar los resultados obtenidos en pacientes sanos y lesionados. El punto crucial al que ha de hacer frente la investigación consiste, a grandes rasgos, en establecer una relación entre estructuras cerebrales y funciones cognitivas, aunque tal labor se ha vuelto muy compleja a lo largo del tiempo; determinar funciones y descomponerlas en unidades operacionales más simples que se correspondan con determinados estados del cerebro, o más exactamente, del cuerpo, no es una tarea fácil, y ha de realizarse sobre una cuidada interpretación de los datos obtenidos.
Un buen diseño experimental puede ayudarnos a validar, reformar o eliminar los modelos funcionales construidos por la neuropsicología cognitiva y a elaborar a su vez otros nuevos. Además puede ayudar a comprender, en la medida en que le es posible a la neurociencia dada la perspectiva que ésta adopta, al hombre. Pues entender cómo funciona el cerebro nos ayudará sin duda a entender al hombre, aunque difícilmente nos dará “su esencia”, como afirma eufóricamente el famoso manual de neuropsicología de Kolb y Whishaw al comienzo del primer capítulo[1].
En esta comunicación me gustaría atraer la atención sobre un viejo peligro presente en la investigación científica; o, más exactamente, en algunas reflexiones que se mueven en torno a los avances de la ciencia. A partir de él, quisiera además introducir una pequeña reflexión acerca de las relaciones entre ciencia y filosofía. Como digo, ese peligro no es nada nuevo, pues no consiste en otra cosa que lo que habitualmente se ha llamado ―reduccionismo‖. Para esto expondré primero un experimento; trataré de mostrar que su objeto, en este caso la moral, no puede ser abordado únicamente desde una perspectiva científica, para lo cual me opondré a la idea de conocimiento que podemos rastrear a lo largo de La conciencia explicada de Dennett y apuntaré de forma sucinta dos formas de entender la ética que quedarían fuera de su esquema.
2. He escogido un artículo que, aunque no utilice las técnicas de imagen cerebral más modernas, puede encuadrarse dentro de los estudios actuales de la neurociencia. Se trata de un trabajo publicado en el número 323 de Science hace dos años[2], en el que Chapman y sus colaboradores dijeron encontrar evidencias experimentales acerca del origen evolutivo del sentimiento de disgusto moral. Éste se halla en la repulsión oral producida por los sabores amargos; repulsión que en un principio habría prevenido a la especie contra sustancias potencialmente tóxicas (tal comportamiento es ya observable, sea dicho de paso, en las anémonas, las cuales alcanzaron su forma actual hace unos quinientos millones de años). Encontraron, además, que ambas clases de disgusto (oral y moral) se relacionan con un tercero: el producido por estímulos visuales nocivos (tales como heces, contaminación, etc.), el cual se situaría filogenéticamente entre ambos.
Me interesa resaltar dos puntos del diseño experimental: el modo en que se ha llegado a concluir que estas formas de disgusto están relacionadas y, sobre todo, el procedimiento utilizado para determinar la más compleja de todas ellas: la forma moral. Respecto de lo primero, el equipo llegó a la conclusión de que la repugnancia moral nacía de la oral comprobando la continuidad de ambas en las respuestas motoras faciales. Estas respuestas fueron medidas con electromiografía (EMG) y grabadas con cámaras de vídeo. Para el disgusto oral, los sujetos experimentales bebieron líquidos de distintos sabores, algunos de ellos amargos. Se observó la actividad del músculo elevador del labio en estos últimos; dicha actividad correlacionaba con los informes de los sujetos acerca del nivel de desagrado del sabor. Para el disgusto provocado por estímulos potencialmente nocivos se midió el mismo parámetro ante la presentación de fotografías desagradables; al contrario que con las fotografías tristes o neutrales, en el caso de aquéllas se observaba la misma respuesta motora que en los casos de repugnancia oral; cuanto más desagradables resultaban las fotos, mayor era la actividad elevadora del labio. Por último, se obtuvieron resultados motores similares ante la transgresión de normas morales.
Llegamos al segundo punto sobre el que quiero llamar la atención. Para medir la respuesta motora ante transgresiones morales, se utilizó el llamado “juego del ultimátum”, que consiste en repartir diez dólares entre dos participantes, los cuales no pueden verse entre sí. Uno asume el rol del oferente y otro el del respondedor. El primero lanza una oferta para repartir el dinero, la cual oscila entre un reparto equitativo (cinco dólares para cada uno) y un reparto muy injusto (nueve para el oferente y uno para el respondedor). El segundo ha de aceptar o rechazar la oferta; en este último caso, nadie gana nada. Todos los participantes jugaron veinte veces en el papel de respondedores, y sus expresiones fueron medidas de la misma manera que en los casos de repulsión anteriores (con EMG y cámaras de vídeo); para obtener un informe personal de sus estados se optó por presentar siete imágenes de expresiones emocionales distintas, de las cuales tenían que escoger la que más se acercase a su estado de ánimo. Todas las ofertas justas fueron aceptadas, mientras que los repartos sucesivamente menos equitativos obtuvieron mayor número de rechazos. Pues bien, en el caso de los tratos injustos las expresiones de repugnancia fueron escogidas las más de las veces (también hubo algunas respuestas de enfado y unas pocas de tristeza), a la vez que se observaba, para esta respuesta emocional, una actividad motora del músculo elevador del labio similar a la detectada en las dos experiencias anteriores.
De aquí los investigadores coligieron que los sujetos juzgaban su experiencia al recibir un trato injusto de modo similar a como lo hacían cuando probaban algo desagradable o visualizaban un estímulo potencialmente dañino para su salud. En definitiva, decían obtener datos subjetivos (auto-informe y selección de expresiones faciales) y objetivos (actividad motora facial) de casos concretos de disgusto moral, los cuales indicaban una tendencia comportamental que relacionaba el grado de disgusto y la posibilidad de rechazo de las ofertas. Por último, afirmaban la similitud entre las dos formas de disgusto filogenéticamente más antiguas ya señaladas y el disgusto moral, y situaban el origen de éste en la más primitiva de aquéllas.
3. Las primeras preguntas que me asaltaron nada más leer el artículo son bastante obvias: ¿qué tiene que ver esto con la moral? ¿De verdad alguien cree estar midiendo el disgusto moral mediante los movimientos del labio superior ante “un trato injusto en un juego económico”[3]? Pero, visto con más detenimiento, creo que las objeciones que debemos plantear van más allá del propio experimento y se dirigen no tanto hacia él, sino hacia ciertas posturas tenidas por filosóficas. No pretendo refutar lo dicho por Chapman ni ofrecer ninguna otra interpretación de los datos; es más, aunque no creo que los resultados sean del todo concluyentes para afirmar cuanto se afirma, coincido en que probablemente el reflejo motor del disgusto oral se haya “reciclado”, por así decirlo, para servir a otros fines (como es cierto que hay estructuras que, desempeñando en principio unas funciones, han acabado sirviendo para otras). Lo que sí me parece que hay que señalar es la pobreza, o la simpleza, del concepto de disgusto moral manejado, reducido a la reacción ante la “injusticia” de recibir una mala oferta. Ahora bien, ¿es esto propiamente un problema del experimento, o más bien tiene que ver con la naturaleza del objeto que quiere estudiarse?
Aquí es donde entra en juego la peculiar idea de conocimiento que Dennett maneja a lo largo de La conciencia explicada. Podemos entender, desde este punto de vista, que una reflexión no científica –esto es, no reproducible experimentalmente con vistas a una contrastación intersubjetiva de acuerdo con el dato positivo y no tratable adecuadamente mediante el método heterofenomenológico– acerca de un objeto como la moral, pudiera tener algún valor, pero, en cualquier caso, nunca podría pretender erigirse en conocimiento genuino. Ya casi al final del libro se dice lo siguiente: “si no suprimiéramos algo, no podríamos empezar a explicar. El hecho de eliminar algo no es un rasgo de las explicaciones fallidas, sino de las explicaciones logradas”[4]. Lo eliminado es justamente lo que no puede bien atraparse en el estrecho corsé de un experimento o una investigación empírica positiva. Los ejemplos aducidos por el propio Dennett son bastante significativos: en el caso del estudio del color, es la experiencia fenomenológica lo que se deja de lado (reducción que Zubiri ha llamado “el escándalo de la ciencia”[5]); en el caso del estudio de las diferencias entre oro y plata, todo lo que no se refiera a su estructura subatómica. Si uno quiere mantenerse en esa postura pretendidamente aséptica, pretendidamente inocua y libre de interpretación, de la “tercera persona”, probablemente sólo podamos decir con verdad sobre la moral cosas similares al artículo de Chapman. Y lo cierto es que justamente aquí se nos escapa aquello de lo que queremos hablar. No es un fallo del experimento el que tenga que hablar de la moral de modo tan simple; es más bien algo que le es propio. Desde una perspectiva puramente científica no podría estudiarse la moral de forma enteramente satisfactoria, pues dejaríamos de lado numerosas perspectivas valiosísimas para la investigación. Estos puntos de vista se situarían en el nivel de lo que Dennett llama “efectos especiales”; efectos que no merecen siquiera el que nos tomemos la molestia de explicarlos[6]. Y no me refiero únicamente, en este problema de la moral, a abandonar, o a no considerar como conocimiento, un estudio normativo sobre lo que el hombre ha de hacer (esto es, referido al contenido de la moral); sino a otro tipo de reflexiones. Un ejemplo lo constituiría un pensamiento que trate de ahondar en el hecho de que el hombre tenga que hacer algo. Es lo que Aranguren llama, siguiendo a Zubiri, moral como estructura[7]. El hombre, dada su constitución, ha de ajustar su acción al medio ante un elenco de posibilidades dadas, cada una con una tendencia, una fuerza que la inclina (no de un modo determinista) más o menos a su realización, de tal manera que a través de esas elecciones vaya determinando, desde su posibilidad de apropiación real (estructural), su personalidad (la cual incluye ya un contenido). Esta dimensión de poder, o más bien de tener que constituirse a uno mismo en cuanto realidad moral a través de sus acciones, las cuales son definitorias pero no definitivas[8], no es un objeto que pueda estudiarse del mismo modo que el origen filogenético del disgusto moral.
La cuestión se complica más si atendemos a una postura como la que encontramos en la Carta sobre el humanismo de Heidegger. Para éste, la ética en un sentido radical coincide con la ontología[9]. Ética es pensar la verdad del ser como aquello en que el exsistente halla su morada; lo abierto en que lo que hay comparece mostrándose desde sí y propiciando una comprensión de eso que hay. Este pensar originario, ética originaria anterior a la división disciplinar entre ética y ontología, se dirige hacia aquello en que mora el Dasein: el ser. El pensar que nos propone Heidegger en torno al éthos se movería en un nivel analítico anterior al de cualquier contenido moral, que trataría de arrojar luz sobre una cierta relación del hombre con el origen de lo que le ha sido dado históricamente. Propiciando que el hombre se haga cargo de su situación como exsistente, preservando el sentido histórico de todo horizonte de comprensión, esto es, el carácter interpretativo de lo real, es como un pensamiento de este tipo deja ver su importancia.
¿Hay algún denominador común entre las reflexiones de esta índole y la idea de un conocimiento reducido al método experimental que permita descartar aquéllas en pos de ésta? ¿De verdad es sinónimo de rigor el adscribir el estudio de la ética o la moral exclusivamente al campo de los saberes positivos? Debemos discernir y respetar el nivel analítico y fenomenológico y el genético-evolutivo a la hora de estudiar los fenómenos constitutivos del ser humano, y dentro del segundo incluir los descubrimientos hechos en el campo de las neurociencias y de la psicología evolutiva. Ello, claro está, sin que un nivel trate de subsumir por completo al otro[10].
4. Esto nos lleva finalmente a una última reflexión más general en torno a las relaciones entre filosofía y ciencia. Una ciencia tal como la neurociencia procede clarificando su objeto a fuerza de contrastaciones experimentales sucesivas que van posibilitando la elaboración de esquemas más completos. Su modo de preguntar ya ha decidido de antemano, en el mejor de los casos, si no el rumbo de la respuesta, sí al menos el modo en que ha de responderse. Esta respuesta es una solución; un problema planteado en el seno de una investigación es un problema que se encamina a su resolución. En este camino pueden asaltar otros interrogantes, los cuales a su vez serán enfocados a la hora del estudio como preguntas pendientes de una respuesta. Una pregunta planteada por la ciencia no puede ser respondida con otra pregunta; al menos, no de forma esencial. La filosofía en cambio no tiene por qué cerrar definitivamente la pregunta y permanecer tan sólo a la espera de que una respuesta mejor sustituya a la anterior. Que no puedan darse refutaciones empíricas satisfactorias para una propuesta filosófica no es sinónimo de que no haya motivos para abandonarla; más bien quiere decir que la filosofía es capaz de moverse en su ámbito de tal forma que sus respuestas sean a su vez preguntas, pues los problemas que se plantea son problemas fundamentales (no sólo por su importancia, sino porque son fundamentalmente problemas). El pensar nunca puede ignorar su dimensión problemática y problematizadora, su tendencia a volver inseguro el suelo que pisa.
Dicho esto, ¿por qué lo que hace Dennett en La conciencia explicada no es propiamente filosofía? Porque cree que conocer es lo que Nietzsche llama, en el §16 de Más allá del bien y del mal, conocer-hasta-el-final. Partiendo de aquí, y de la aceptación de que el único medio posible de conocer es el método científico, todo lo que no encaje en el esquema es, sencillamente, eliminado. Dejando de lado todo lo que llama, de manera algo simplista, “subjetivo”, pretende asegurar que la investigación científica, el conocimiento genuino, quede libre de ambigüedades y oscurantismos. Quiere eliminar al hombre del conocimiento, sin darse cuenta de que tal acción supone una reducción fatal del ámbito de la experiencia.
Sin embargo, al decir que lo que Dennett hace no es filosofía no pretendo devaluar su trabajo, sino tan sólo llamar la atención sobre la situación de su perspectiva, que no adopta el problematismo propio del discurso filosófico. Nadie puede dudar de la importante labor que ha desempeñado, por ejemplo, en la eliminación de prejuicios que han obstaculizado la investigación en psicología experimental en el campo de la conciencia, al criticar aquellas teorías que postulaban la existencia de una zona en el cerebro a través de cuyo paso la información inconsciente devenía consciente. Como resultado, principalmente gracias a sus estudios se abrieron otras vías de investigación que no asimilaban los procesos conscientes a una zona concreta del cerebro y que no los distinguían en una dicotomía excluyente de los procesos inconscientes. Cito a guisa de ejemplos dos teorías: la del Núcleo dinámico reentrante, formulada por Edelman y desarrollada más ampliamente por Tononi, y la del Espacio neuronal global de trabajo, propuesta por Dehaene y sus colaboradores.
En definitiva, es evidente que para la filosofía es imposible ignorar el discurso científico; de nuevo podemos tomar a Aranguren, para quien “la ética se halla anclada en la psicología y aún en la biología”[11]. Pero, por otro lado, el científico puede también beneficiarse del discurso filosófico por cuanto éste puede hacerle caer en la cuenta de que el hombre constituye uno de estos problemas fundamentales, y que difícilmente podrá hallarse su esencia aun clarificando totalmente lo que ocurre en el cerebro. El pensamiento no se revuelve contra los descubrimientos de la ciencia, sino contra su hybris.
[1] “¿Qué es el hombre? (…) El objetivo de este libro es buscar la respuesta donde realmente está: en el cerebro.” Kolb, B. & Whishaw, I.Q.: 2003 Neuropsicología humana, Madrid, editorial panamericana, 2006; p. 1.
[2] H.A. Chapman, D.A. Kim, J.M. Susskind, A.K. Anderson, Science, 323, 1222-1226 (2009).
[3] Chapman et al., op. cit.; p. 1222.
[4] Dennett, D.C.: 1991 La consciencia explicada. Barcelona, Paidós, 1996; p. 465.
[5] Zubiri, X.: 1980 Inteligencia sentiente. Inteligencia y realidad. Madrid, Alianza, 2006; p. 177. Acerca del tema es interesante el apéndice entero: Realidad y cualidades sensibles; pp. 171-188.
[6] Dennett, op. cit. p. 446.
[7] Aranguren, J.L.L.: Ética, Madrid, Revista de occidente, 1958; pp. 63-76.
[8] Aranguren, op. cit. p. 415.
[9] Heidegger, M.: 1946 “Carta sobre el humanismo”, en Hitos, Madrid, Alianza editorial, 2007; p. 291.
[10] Lo cual no quiere decir que no pueda remarcarse la mayor importancia de uno de ellos. Sabemos que para Heidegger, por ejemplo, el nivel analítico-existencial se encontraría en un plano más originario. Sin reducir la postura de este autor, sino comprendiéndola y ofreciendo una visión sobre ella, Peter Sloterdijk afirma que es necesario remontarse hacia una historia natural del devenir el hombre el lugar de la comprensión del ser. Frente a la primacía de una aclaración de la estructura ontológica del Dasein, Sloterdijk viene a situar en un plano más originario el estudio de cómo el hombre ha devenido un ser abierto al mundo. Sin embargo, la antropogénesis ha de ser explicada en todos sus niveles de forma no reductiva. Véase a propósito de esto Sloterdijk P.: Normas para el parque humano, Siruela, Madrid, 2002.
[11] Aranguren, op. cit., p.72.
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