En las próximas entradas me ocuparé del tema que me resulta fascinante: el transhumanismo y el problema de la mejora de la especie humana. En lo que sigue se basaré en una ponencia que pronuncié en septiembre de 2010 en Granada, ampliándola para mostrar la magnitud del problema.
La parte primera titulada ” Pensar el ciborg 1. El advenimiento del Mesías Digital” discute la tendencia transhumanista desde la perspectiva de la inteligencia artificial. En esta parte me ocupo pues tan solo de la inteligencia artificial, sin esbozar propiamente una posible respuesta desde la filosofía. En las siguientes me ocuparé de:
2. El optimismo científico
3. Pensar el ciborg desde Zubiri: ¿Qué es la inteligencia?
4. La vida y la técnica (ojalá pudiese llegar a conceptualizarlo bien….). ¿Órganos sin cuerpo?
Os invito a la lectura y a la discusión, el tema es apasionante
¡La singularidad está aquí! El advenimiento del Mesías Digital.
(el libro de Ray Kurzweil de gran éxito en EE.UU)
El libro de Raymund Kurzweil, The singularity is here,[1] publicado en 2009 por Viking Publishers, describe detalladamente el estado actual de la investigación en el campo de Inteligencia Artificial y robótica y se atreve – y está es la parte tal vez más interesante – a hacer conjeturas acerca del desarrollo futuro de estas disciplinas y de la historia de la humanidad. El concepto que da título a la obra, la singularidad, da buena cuenta de la visión del científico: designa un momento en el que se creará una máquina de capacidad de transformación de datos infinitamente mayor que la de los seres humanos; a partir de este momento, esta inteligencia será capaz de crear nuevas máquinas, sin ayuda humana. La vida a partir de la singularidad será absolutamente distinta de la conocida hasta ahora; de allí el paralelismo con la singularidad astronómica, el punto de agujero negro en el que dejan de ser válidas las leyes físicas conocidas e imaginables. La humanidad se verá desplazada del primer plazo en la cadena evolutiva y comprenderá que la mejor manera de garantizar la supervivencia de la especie sería la fusión con la gran Inteligencia. Pues bien, a la sazón, Kurzweil fecha el inicio de la Nueva Era en torno al 2040 o 2045 y, al querer alcanzar “la inmortalidad en el entorno virtual” se alimenta bien y se automedica, tomando 200 pastillas al día, para llegar vivo al gran día.
Comprendamos bien: estoy citando en este momento afirmaciones futurológicas entusiastas, ciertamente, pero afirmaciones al fin y al cabo surgidas en un ámbito rigurosamente científico. Cierto grupo de intelectuales seriamente cree que es razonable predecir a partir de los parámetros que disponemos (el crecimiento progresivo de la cantidad de información que somos capaces de obtener y manejar; la complejidad siempre en aumento de los ordenadores y robots; el desciframiento del genoma humano y éxitos en ciertos ámbitos de la medicina como puede serlo la trasplantología; o – last but not least – el desarrollo de la neurociencia) que llegará un momento en el que podremos 1. Crear una inteligencia artificial que se autorregule, que por lo tanto alcanzará una existencia autónoma (eso es, según algunos, consciente) 2. Alcanzar un nivel tan perfecto del conocimiento acerca del ser humano que o bien nos permitirá mejorar sustancialmente el ser humano y permitir insertar en él trozos de la omniabarcante inteligencia, o bien despegar (por algún extraño procedimiento) la mente del cuerpo para así integrarlo en la red global.[2]
Digamos que el escandaloso envoltorio apocalíptico constituye tal vez la cuestión secundaria; lo verdaderamente importante es la cuestión si es posible el surgimiento, sin que importen las fechas, de una inteligencia artificial. La primera tarea filosófica respecto de este problema debería pues consistir en comprender la dimensión del quéhacer científico y los problemas científicos. Y aunque lo más excitante para la comunidad científica sea la perspectiva de “ser eterno”, o de “convertirse en Dios”[3], antes hemos de preguntarnos por el sentido de una inteligencia artificial.
¿Qué nos cabe esperar? Una pregunta acerca del sentido de “la inteligencia”
Curiosamente, las críticas que cita Kurzweil en el último capítulo de su libro[4], se refieren casi exclusivamente a problemas técnicos que implica la idea de la singularidad (falta de recursos energéticos, imprevisibilidad de las tendencias científicos, pobreza de software frente a hardware, etc.,etc.). Tengo que confesar que justamente esta clase de problemas es la menos interesante desde el punto de vista de esta ponencia; pues la superación de semejantes obstáculos es cuestión de investigación científica. Mucho más interesante es la concepción de la mente que aquí se maneja, así como la comprensión de lo que es el ser humano. De ahí que los mayores problemas vendrán justamente por este lado.
A) ¿qué es la inteligencia?
En primer lugar, hay que preguntarnos si la máquina puede tener la capacidad de la autoorganización y autorregulación, que parece propio del ser autónomo e inteligente. No pienso negar los asombrosos logros de la robótica; sólo pregunto si es posible extender su infalibilidad e eficiencia en términos absolutos. Hay una ligera sospecha de que la inteligencia de las máquinas viene determinada justamente por los adjetivos como “eficacia e “infalibilidad” sean un criterio para la Inteligencia Artificial, mientras que la intuición común nos dice que no son los calificativos especialmente relevante para nuestra comprensión de la inteligencia humana. Eficaz puede ser un piloto automático. es por ello inteligente?
El ejemplo de ”The game of life”, un programa autorregulador, que a base de cierta configuración inicial y tres reglas muy simples es capaz de evolucionar, en el caso de configuraciones adecuadas, incluso ad infinitum, da cuenta del tipo de inteligencia que se tiene en mente cuando se habla de las elucubraciones a lo Kurzweil. En este enlace os proporciono un ejemplo del juego de la vida de los infinitos: http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/e/e6/Conways_game_of_life_breeder_animation.gif
En la línea de la diferencia entre la eficacia de ejecución y la inteligencia, algunos científicos, como Roger Penrose[5], llaman la atención sobre el hecho de que los ordenadores, siendo en última instancia versiones muy elaboradas de máquinas de Turing, se mueven necesariamente a base de algoritmos cada vez más sofisticados. Pues bien, justamente por eso, Penrose está convencido de que a la inteligencia artificial, por muy autónoma que sea, siempre le faltará – en virtud del teorema de incompletud de Gödel, según el cual, dadas las reglas de funcionamiento, siempre habrá un principio incomprensible en virtud de estas propias reglas – el principio de autodeterminación. Esto es, que a pesar de la ejecución eficiente de las directivas y la posibilidad prácticamente infinita de “aprendizaje”, esto es, de modificación de reglas existentes en virtud de condiciones de entorno, la actividad mecánica será justamente esto, mecánica, puesto que los principios que rigen todo el programa seguirán fuera de alcance del agente. Penrose apela en este momento a instancias como la comprensión y evidencia, que a su juicio nunca serán conquistados por los seres artificiales. “Debemos ver – nos dice el autor – que cada paso en el argumento puede reducirse a algo simple y obvio. La verdad matemática no es un dogma terriblemente complicado cuya validez está más allá de nuestra comprensión. Es algo construido a partir de semejantes ingredientes simples y obvios, y, cuando los comprendemos, su verdad es evidente y reconocida por todos”[6]. Esta cita da cuenta en lo que verdaderamente piensa Penrose. Trata de presentar de nuevo el argumento de que la semántica e incluso la pragmática no se reducen a la sintaxis y que las máquinas no traspasarán este nivel. Es cierto que el argumento no está libre de críticas, pero apunta a un problema inherente en el que se está trabajando ahora mismo. Una de las últimas tendencias en informática es el proyecto SWEB (semantic WEB) que pretende inculcar categorías semánticas en la red virtual. Es cierto que en verdad son “metasintácticas”; pero la tendencia misma muestra la carencia a la que nos venimos refiriendo.
Pero, y esta reflexión la añado a raíz de comentario de @natalio-morote, no creo que debamos permanecer entre esta disyuntiva entre el cálculo y la sintaxis por un lado y el intuicionismo comprensivo por el otro. Queremos aclararlo, porque a nuestro juicio no podremos pensar con propiedad esta problemática, la oposición internismo – externismo o monismo (por ejemplo materialista) reduccionista – dualismo, no dan ya mucho de sí. de lo que se trataría más bien es de pensar un nuevo modo de abordar esta problemática que dé cuenta del modus operandi de la inteligencia y sobre todo al hecho básico de que todas estas operaciones tienen lugar en un medio – en el caso humano, en un mundo.
Los científicos creen que las operaciones sintácticas de las máquinas de Turing son prototipo de la futura inteligencia artificial. Lo que nosotros le reprochamos es falta de relación con nada que no fuese el mismo a partir de la configuración inicial. La falta de intercambio con el medio, o de la necesidad de habérselas con las cosas, es a nuestro juicio un criterio que descarta de momento este tipo de inteligencias. no decimos que las máquinas inteligentes son de iure imposibles. Tan solo nos preguntamos cómo tendrían que ser. no debemos concluir por tanto que es imposible que surja tal máquina. Pero vemos que el requisito para que la máquina piense no puede reducirse a su capacidad de computación (a lo que parece referirse en última instancia Kurzweil), sino que debe comprender una actividad de interacción con el mundo siendo la máquina a la vez capaz de captarse a sí misma como mundanal y racional en cuanto interactuante . Es a esto a que apuntan en última instancia los adjetivos usados por Penrose (evidente, reconocido, verdadero, etc), si bien, como nos vemos impelidos a reiterar, no queremos pensarlo desde allí.
B) la inteligencia y el cuerpo.
Por otra parte, hay otro gran problema en la visión del hombre que se maneja en este libro. Realmente es doble: en un primer lugar, la mente humana se concibe como casi autónoma del cuerpo (o al menos del cuerpo menos cerebro), y en segundo lugar se cree que el hombre es casi inifinitamente operable.
Pensemos en la primera cuestión. Si bien “el fantasma cartesiano” es exorcisado habitualmente por todos los intelectuales, parece que, sobre todo entre los filósofos, pero también entre científicos de especialidades no esencialmente neurológicas, hay una tendencia a defender otro tipo de dualidad, esto es, la de cerebro/cuerpo[7] a la vez que se considera este primero como una computadora. Esto da pie a que se afirme por ejemplo que es posible extraer de alguna manera la inteligencia humana – ¡léase personalidad!- e injertarla en otro cuerpo, biológico o no. (en cierto sentido es eco de los experimentos soviéticos de trasplante de cabeza). No obstante, tengo serias dudas de que aquí se trate meramente de una cuestión tecnológica. Me temo que el dualismo cuerpo- cerebro o computación- datos es en buena medida insostenible: tal es en el fondo la consideración más biológica del ser humano que no es primordialmente un cerebro y luego un cuerpo, sino que el cerebro es órgano, bien que uno de los centrales, pero al fin y al cabo órgano del cuerpo. Por lo tanto, habría que considerar la inteligencia, al menos la humana, siempre en relación con el cuerpo, puesto que es éste el que nos abre al mundo. Y si se ha postulado antes que las máquinas han de ser mundanas, ahora se insiste en que el “hardware”, sea biológico o no, sí importa. Por ello mismo veo difícil la idea de Kurzweil de unirnos como corriente de datos a la gran Mente. La extirpación de la mente se me torna imposible.
Pero podríamos contemplar otra versión de la singularidad, en el que la mejora genética avanza hasta tal punto en el que somos capaces de injertar partes cibernéticas en nuestro cuerpo, además de saber prolongar la vida indefinidamente y eliminar enfermedades genéticas. Respecto a esto hay resultados interesantes: el cultivo de células encima de placas electrónicas que parecen interactuar; el éxito de la trasplantología; la viabilidad de in vitro etc. Pero siempre hay que preguntarnos hasta qué punto somos autooperables. No es por apelar al pecado o a la hybris ni mucho menos; pero hay que preguntar hasta qué punto la alteración del genoma humano no conlleva efectos secundarios en forma de cáncer o algún otro trastorno. Hoy en día, incluso en el caso de enfermedades que están perfectamente localizadas en el genoma – como puede serlo la fenilcetonuria, que se halla en un solo alelo! Es naturalmente de esperar que la naciente bioinformática podrá resolver el caso de algunas enfermedades relativamente simple; pero ¿podría solucionarlo todo? ¿Es el genoma una unidad informativa perfectamente consistente y “racional”? Creo que en este prejuicio se basan todas las ciencias, animadas por el indudable descubrimiento del genoma humano. Pero tal vez el atribuir la perfecta consistencia y racionalidad al efecto de “azar y necesidad” de la que proviene, es una pretensión humana, demasiado humana.
Breves conclusiones: A esto también me incitó el comentario de Natalio. El camino que queremos recorrer es el de dejar atrás la clasica disyuntiva de la concepción de la inteligencia, y conquistar un nuevo territorio desde el que abordar el problema más directamente. la cuestión sería por tanto: articular de manera pertinente las relaciones entre la inteligencia, la humanidad, el mundo, la vida y la técnica. A esto se corresponde el plan esbozado arriba, con el único paréntesis acerca del optimismo científico que no pienso dejar de lado.
[1] KURZWEIL, R., The singularity is here, .
Hay que decir que el concepto de la singularidad tecnológica ha surgido ya en los años 80, en la obra del representante de la llamada ciencia ficción dura, Vernor Vinge, quien por otra parte se implica bastante en el movimiento transhumanista y sigue insistiendo en la pertinencia de su predicción.
[2] El desarrollo concreto de la singularidad puede llevarse de muchas maneras. Asi Vernor (véase la referencia bibliográfica) enumera hasta 4 posibles modos de alcanzarla:1. El desarrollo de un computador que alcance el nivel de inteligencia humana y posteriormente lo supere; 2.El desarrollo de redes de computadoras que se comporten como superneuronas de un cerebro distribuido que “despierte” como ente inteligente; 3.El desarrollo de elementos de interacción con computadoras que permitan a un humano comportarse como un ser superinteligente;4. Manipulaciones biológicas que permitan mejorar en algunos seres el nivel humano de inteligencia. Creo que los dos puntos que he mencionado contemplan todas estas posibilidades.
[3] Ambas citas procedentes de la serie “transhumanism”
[4] KURZWEIL, op.cit., pp 427 – 484
[5] PENROSE, R., La nueva mente del emperador, Random House Mondadori, S.A, Barcelona, 1991
[6] PENROSE, op.cit, p 595.
[7] Véase por ejemplo la conferencia inaugural del XI congreso de la SHAF pronunciada por Carlos Moya.